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Tras cinco años de colaboración semanal con el medio Público, este 21 de abril envié, como venía siendo habitual, una pieza de opinión para su publicación. No recibí entonces el habitual correo donde se me avisa de que había sido recibido. El día 22 por la mañana, al ver que el artículo no había sido publicado, mandé otro correo a la redacción, por si hubiera sido un despiste. Pasaron horas sin que nadie me dijera nada. Finalmente, la jefa de opinión me escribió un mensaje escueto donde me decía que había reenviado mi artículo al nuevo director de Público, Manuel Rico, para su «consideración».

Las feministas llevamos aboliendo el género desde que fuimos conscientes de que el machismo existía y nos organizamos para darle la batalla. Por eso, cuando escuchamos eso de «el género nunca desaparecerá» o «es utópico hablar de la abolición del género», siempre recordamos que -solo en España- las mujeres hemos conseguido derribar muchos aspectos del género: desde acabar con la tutela masculina hasta el derecho al aborto, pasando por la legalización del divorcio, leyes específicas contra la violencia machista, el derecho a la educación, el fin de los feminicidios por «honor» y un largo etcétera. 

El País publicó hace unos días un artículo llamado «Linchamiento» donde se afirmaba que lo que las feministas habíamos hecho con Errejón era darle una «muerte social». Que ni el castigo más duro de un juez podría equiparar lo que habíamos hecho con Errejón, quien iba a tener un futuro absolutamente indigno, depresivo e incluso muy precario, ya que jamás encontraría trabajo. ¡¿Quién iba a contratar ya a Errejón y arriesgarse a que lo matáramos como a él?! Lo más gracioso es que los firmantes se consideran a sí mismos también feministas. Claro, si hasta Bertín Osborne lo es.

«Tú cuerpo, mi decisión», gritaba entre risotadas el joven líder fascista Nick Fuentes, tras conocer la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses del pasado día 5. Frases como «Eh, putas, tenemos el control sobre vuestros cuerpos» o «Adivinad qué… los tíos volvemos a ganar» son solo algunas de las soflamas de este negacionista del Holocausto. Un tipo que ha sido invitado a cenar por el mismísimo Trump.

La dimisión de Íñigo Errejón, un político que defendía (entre muchos otros) la regulación de la prostitución y los vientres de alquiler en nombre del «feminismo», mientras enfrentaba acusaciones de violencia sexual en las que, qué casualidad, jugaba a ser el «putero», nos obliga a denunciar una vez más la complicidad de la izquierda institucional con la explotación sexual y reproductiva de las niñas y mujeres. (Del BDSM y la «violencia sexual consentida» hablaremos otro día).

La Sustancia es la segunda película de la directora francesa Coralie Fargeat, una sátira terrorífica que refleja y te hace vivir intensamente la presión que las mujeres sentimos sobre nuestros cuerpos. Fargeat ha contado con dos actrices para representar a las mujeres en dos épocas diferentes de nuestra existencia: Demi Moore (para esa etapa en la que la sociedad nos quiere invisibles o fuera de circulación) y Margaret Qualley (para cuando somos jóvenes y, además, agradables a la mirada masculina).

Hace unos meses, tuiteé algo que escuché mientras una mujer hablaba con su vecina desde el balcón. No era queja, no era enfado, era una oración enunciativa, sin más. La mujer dijo lo siguiente: «Estoy aprovechando que mi marido ha salido con la bici para ponerme al día con las lavadoras».

El programa Salvados recuperó ayer la historia de las víctimas de Essure, conocidas como «las locas del muelle». Essure es un dispositivo anticonceptivo no hormonal, que se vendía como una solución permanente, fácil y de rápida aplicación a las mujeres que eran madres pero no querían volver a serlo.

Las feministas, cada año que pasa, sentimos una fatiga profunda. Una fatiga no solo física, también emocional y mental. Cada año lleva dentro miles de titulares y artículos y tuits y posts…

En 2021, en España, la edad media de las mujeres que se inyectan botox ya no es de 35 años, sino de 20. La industria no tiene suficiente dinero de aquellas mujeres a las que han aterrorizado con su aspecto, a las que han hecho odiar su propio cuerpo, así que tenían que ir a por las más jóvenes. Pero, ¿cómo le vendes inyecciones a chicas de 20 años si sus pieles no necesitan absolutamente nada?