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Una niña de 14 años ha sido asesinada este martes. La prensa habla de un vecino de 32 años que «estaba obsesionado con ella». También nos han obsequiado cono cosas como que era un «desequilibrado» que llevaba solo 3 semanas de inquilino.

Lunes, 28 de marzo.

Detenido en Sagunto (Valencia) un hombre por agredir sexualmente a una chica de 22 años (inquilina de una de sus casas). Condenan en Pontevedra a un hombre por abusar sexualmente de la hija de su pareja. Un hombre se libra de 48 años de condena por violación porque patatas. Casi literalmente. Consiguen liberar a una mujer que había sido retenida por su pareja en Xirivella.

Martes, 29 de marzo.

Supimos que la chica encontrada sin vida en el puerto de Barcelona fue

¿Por qué mi muñeca dice «mamá» si yo soy su papá?». Esta es la pregunta de un nene de 3 añitos a quien le gusta jugar a «las casitas». Nos lo contaba su tía en el podcast de la semana pasada (minuto 32.30). Nadie se había dado cuenta, solo él. El mundo adulto lo tiene más asimilado que una criatura que está aún sin contaminar y que vive en un entorno que intenta coeducar. Y digo intenta porque el patriarcado se cuela en nuestra casa en todos los formatos posibles, incluso (y especialmente) en forma de muñeca que habla.

Las mujeres del este de Europa ya eran, antes de la guerra, víctimas de redes de trata y de tráfico de personas. Con el éxodo tras el ataque ruso, en el que marchan ya 3 millones de ucranianas (porque mayormente son mujeres, niñas y niños) esta realidad se cierne con más vehemencia que nunca. Escapar de una guerra para niñas y mujeres no es «solo» lograr traspasar una frontera y buscar refugio, es pelear por el camino contra la violencia sexual y zafarse de mafias que buscan sacar dinero explotando sus cuerpos.

Decir que «el feminismo es abolicionista» equivale hoy en día a lo que hace no tanto era proclamarte feminista. Genera controversia, incomodidad. Y el problema es que se genera dentro del propio movimiento: un movimiento que hace pocos años comenzó a desviarse por un camino bizarro en el que se reivindica el feminismo a la vez que se grita que las mujeres prostituidas eligen libremente vender sus cuerpos.

La mirada masculina es la mirada universal. Las mujeres también cargamos con esa mirada en menor o mayor medida. No solo al mirar el mundo, sino -y especialmente- al mirarnos a nosotras mismas. Ser feministas no nos libra. Es cierto que tomar conciencia feminista te ayuda a librarte de mucha de esa carga, pero no de toda. Nos han enseñado a mirar con esos ojos.

Las «bauk», en Camboya, son violaciones en grupo por parte de chavales de clase media-alta a chicas y mujeres prostituidas. Uno de ellos le propone ir con él a su casa, y cuando la chica llega se encuentra que hay más violadores a la espera. La sociedad camboyana es bastante tolerante con todo lo que pueda pasarles a las mujeres prostituidas (aquí más información sobre la situación de las niñas y mujeres en Camboya). Por lo que las «bauk» quedan normalmente impunes debido a múltiples factores: justicia patriarcal, miedo a denunciar, a no ser creídas, a las represalias de los familiares acomodados de los violadores, etc.

Quizás has llegado a este artículo porque has usado palabras parecidas para tu búsqueda en Google. Quizás tienes que organizar una despedida de soltero y están living con la idea de alquilar el cuerpo de una mujer para entregarlo como ofrenda al colega que se va a casar, tan hetero como tú, y al resto de amigos, igual de heteros. Muy heterosexuales todos. Muy hombres. Muy machos. Y, ¿qué puede uniros más ese día que el sobeteo de una mujer que no os desea? ¿Qué puede haber más hilarante y a la vez más masculino que rodear entre veinte o treinta a una chica que no haría algo así ni en vuestros sueños si no le hiciera falta la pasta? Pocas cosas hay, si yo lo sé, te entiendo…  Quizás, solo una cosa sería incluso mejor pero, por algún motivo, has descartado a las mujeres prostituidas y estás buscando solo una stripper. Así que apartemos ese tema incómodo de la prostitución para entrar en el meollo de la cuestión que te trae aquí.

Hay algo de mí misma que me molesta mucho, pero solo si me pasa a mí. Cuando veo el mismo ramalazo en otras personas, resulta que me gusta, me da ternura. Me refiero a la incapacidad de curarse de espanto. Me cabrea soberanamente no estar curada de espanto ya, a estas alturas, porque ya no sé si es que soy estúpida o es que el nivel de la política en nuestro país nunca para de bajar y ahí está el quid de toda la cuestión.

Rigoberta Bandini empezó a escribir «Ay, mamá» hace diez años. Si hacemos cuentas, Rigoberta tenía 21 añitos cuando quiso homenajear a su madre. Una canción que ha evolucionado y no solo se quedó ahí, sino también en una denuncia de la censura que sufren nuestros cuerpos, específicamente nuestras tetas y nuestros pezones, prohibidos en incontables redes sociales en pleno 2022 mientras ellos pasean los suyos allende los mares.

Ilustraciones > Canina Walls

un podcast de