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Los debates centrados en «¿Tiene derecho una mujer a vender su cuerpo?» deberían cambiar su perspectiva a ¿Tienen derecho los hombres a ponerse en fila para penetrar a una mujer que no tiene otra forma de alimentarse?
Los debates centrados en «¿Tiene derecho una mujer a vender su cuerpo?» deberían cambiar su perspectiva a ¿Tienen derecho los hombres a ponerse en fila para penetrar a una mujer que no tiene otra forma de alimentarse?
Sabíamos que los hombres son más de derechas que nunca. Es evidente que cuanto más a la derecha nos vamos, más hombres hay. Ahí tienen los datos de los votantes del ultra Alvise: 800.000 votos entre los que apenas hay mujeres, como tampoco las hay en sus canales de desinformación. Son los hombres los más propensos a los discursos de odio, y particularmente a los discursos antifeministas.
El otro día una compañera preguntaba qué nombre deberían recibir los hombres «feministas». ¿Así tal cual? ¿Quizás «aliados» o «aliados feministas»?
Habría que empezar recordando que el feminismo es (y ha sido así desde su mismo origen), un movimiento de y para las mujeres.
Este es el tercero de una serie de artículos que pretende esclarecer cómo el patriarcado genera desigualdad entre las personas en función de su sexo (que no de su género, aquí una explicación de este error generalizado, que la mayoría de las veces se comete sin querer).
El otro día estaba viendo un podcast de historia en YouTube en el que habían invitado a una doctora en Historia, una mujer con un currículum asombroso y una capacidad divulgativa envidiable. Por lo demás, se trataba de una mujer corriente y moliente, sin nada llamativo, nada fuera de la norma.
La existencia de la prostitución es un tema que suele ser debatido desde perspectivas legalistas o económicas, obviando a menudo las profundas implicancias éticas y sociales que conlleva. Solemos escuchar pretextos muy manidos como «lo hacen porque quieren», «prefieren esto a limpiar escaleras», «ahí ganan más dinero que de camareras», «debería legalizarse y el PIB del país crecería», etc. ¿Quién no ha escuchado estos «argumentos»? Y ahora más que nunca, ya que el PSOE prepara una ley «abolicionista» de la prostitución.
El trabajo más jugoso y mejor pagado para la población presa está en la cocina. En la prisión Mas d’Enric, ese puesto lo ocupaba un hombre condenado a 11 años por degollar a una mujer prostituida (sale increíblemente barato degollar a según quien). En la cocina, obviamente, no solo hay presos, también hay personas que trabajan para dar los servicios necesarios para el mantenimiento y funcionamiento de la prisión.
En el torbellino de noticias, consignas, cobertura mediática y manifestaciones que inundan las calles cada 8 de marzo (y no solo, hay que sumar la previa y la resaca) se han ido perdiendo los dos elementos esenciales que vertebraban este día. Porque el 8M no es el día -ni nunca ha sido- de la diversidad sexual, ni el día contra el genocidio, ni el día de pelear contra la monogamia, ni el día de los drag queens y, sin embargo, todo lo anterior, son ejemplos de carteles donde el «8M» es el denominador común.
¿Cómo sería un mundo sin hombres?
¿Cómo sería una vida en la que ninguna mujer o niña es molestada, piropeada, babeada, saboteada, aplastada, exigida, presionada, oprimida, asfixiada por ningún hombre? Un mundo sin violaciones, sin feminicidios, sin agresiones sexuales. Un mundo casi sin policía, sin cárceles… ya que la inmensa mayoría de la delincuencia en todo el mundo es siempre masculina.
Amiga, dice Coronado que si te violan tienes que ir a denunciar «al segundo 1». Dice que si un tipo en el que confiabas (o un tipo del que dependen tus lentejas) decide un día forzarte, doblegarte, acojonarte y luego asfixiarte y violarte, tú debes vestirte, pillar un taxi y correr a denunciar. Ojo con no disociarte, ni sufrir un episodio de despersonalización, ni meterte en la cama para llorar 3 días, ni nada. Dice Coronado que otra cosa que no sea el «segundo 1» a él no le vale, solo le vale «el segundo 1». Así que no procrastines. Con el dolor de la abrasión todavía, con el olor y los fluidos del violador encima, con la cabeza absolutamente perdida… ¡a denunciar!