El miedo, para mí, es la emoción más paralizante que existe. No hablo del miedo a no clavar un trabajo, ni el de hablar en público. Hablo del pánico, de esa sensación que te llena la boca de sabor a sangre, que tiene una carga superior a cualquier miedo que hayas pasado antes, carga que juraría ancestral. Como si toda la especie hubiera ido acumulando alertas a lo largo de la evolución y ahora tuviéramos la capacidad de sentir nuestro propio temor y el temor heredado de millones de otros.