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Siempre decimos que el programa de esta semana viene cargadito y completo, pero es que así es, es solo que lo de esta semana es apoteósico, amigas. Tenemos vuestros audios con temas antiguos, de actualidad, dispares y hasta con convocatorias, pero es que además tenemos una sección, que encima es nueva, la estrenamos hoy, sobre libros, sobre autoras, sobre literatura, y para colmo la dirige Irene Otero, y se llama Literaturra, que para turra la que hemos dado nosotras en este podcast con Irene Otero y su libro Los Augurios, todo sea dicho, así que estamos enamoradas de esta nueva sección, pero por si os pareciera poco, amigas, hoy traemos un tema para abrir el programa. Y es un tema que esta vez no se nos ha ocurrido a nosotras, sino a vosotras, porque en nuestras intros también mandáis…
Vuestros deseos… son órdenes. Mujeres de derechas que predican una sumisión femenina que no practican, cómo íbamos a dejar pasar este temazo, amigas.
Mujeres que escriben, viajan, organizan campañas, ocupan cargos importantes y dan órdenes a otras y a otros, mujeres y hombres… mujeres que pelean que esa libertad no sea para todas, muy al contrario, nos exigen que aceptemos la cocina como nuestro lugar natural. Hay más, muchas más, de las que creemos haciendo justamente esto.
Al antifeminismo nunca le ha hecho falta que todas las mujeres estemos calladas. Le basta con elegir cuáles hablan, en nombre de quién y para defender qué. A finales del siglo XIX, mientras las sufragistas luchaban por el voto, otras mujeres se organizaban para impedirlo. De ellas se habla poco, porque son la vergüenza de la historia, pero existieron.
En Gran Bretaña destacó Mary Augusta Ward: escritora de éxito, promotora de la educación femenina… y dirigente antisufragista. ¿Su argumento? Que las mujeres podíamos encargarnos de la asistencia social, de la escuela o del gobierno de un pueblecito, pero la política de verdad, la del Parlamento, era cosa de hombres. Argumento, lo que se dice argumento, ninguno; una creencia y ya. Al otro lado del Atlántico, Josephine Jewell Dodge, educadora que había montado guarderías para los hijos de las madres trabajadoras, se puso a principios del siglo XX al frente de una organización nacional contra el sufragio femenino, con periódico propio y todo.
Hasta Gertrude Bell, una mujer interesantísima: arqueóloga, exploradora, diplomática del Imperio Británico… fue al mismo tiempo fundadora y dirigente de la Liga Antisufragista Británica, si bien al final de su vida parece que evolucionó, se acercó al Partido Laborista y acabó defendiendo los derechos de las mujeres.
Estas mujeres, y otras tantas a las que podríamos mencionar aquí, no rechazaban toda la actividad pública femenina: más bien pretendían ponerle fronteras. ¿Por qué? ¿Qué ocurría realmente en la trastienda de este tipo de mujeres? Pues había una cuestión de clase nada secundaria. Eran señoras acomodadas, con contactos, presencia pública y una notable capacidad de influencia. Para ellas, era posible materializar sus ideas e influir sin necesidad de votar. No querían el voto para las demás, porque ellas ya tenían una forma de votar, pero eso no lo decían sus pancartas, claro.
El ideal de la esposa dedicada exclusivamente a su hogar siempre ha tenido un pequeño inconveniente… y es que alguien tiene que pagar las facturas. Nos vendían el hogar como el destino natural de todas las mujeres, cuando en realidad solo se lo podían permitir las que tenían dinero
Muchas de estas señoras defendían para las demás unos límites que ellas, con su posición, se saltaban sin despeinarse. Hipocresía había, claro que sí, pero sobre todo había lo de siempre: privilegio. Confundían su vida con la naturaleza de todas las mujeres.
Y llegamos a las primeras décadas del siglo XX, cuando la cosa cambia bastante. La escuela, la industrialización, las guerras, la política de masas y, sobre todo, décadas de lucha feminista habían sacado a las mujeres a la calle. Lo del “ángel del hogar” del siglo XIX, la mujer calladita, metida en casa haciendo bizcochos y criando a los (muchos) hijos, ya se había quedado antiguo. Y los fascismos lo pillaron enseguida: con pedirnos que estuviéramos calladas y quietecitas ya no les llegaba. Tenían que movilizarnos, organizarnos y ponernos a difundir su proyecto político. Necesitaban mujeres colaboracionistas que hicieran de contrapeso a todas las que se estaban yendo a la izquierda y que vendieran, con entusiasmo, un modelo de mujer bien conservador.
La operación era perversa: no se trataba de emancipar a las mujeres, sino de movilizarlas contra la emancipación. Mujeres formando a otras mujeres; instructoras, propagandistas, cuadros dirigentes, asociaciones y escuelas. La maternidad salía de la cocina para convertirse en un servicio a la patria. Había que ser activa, faltaría más, pero activa en el papel que el régimen de turno te tuviera reservado. Las mujeres que se organizaban por su cuenta, pues lo de siempre: o a la cárcel o al ostracismo; las que se organizaban para obedecer, palmadita en la espalda y medalla. Se reprimía la organización femenina independiente y se fomentaba la organización femenina obediente.
En la Alemania nazi, tenemos por ejemplo a la maestra y reportera Gertrud Scholtz-Klink, que encabezó las grandes organizaciones femeninas del régimen, especialmente la Liga Nacionalsocialista de Mujeres. Esta señora, promovió, para las demás, cursos de hogar y maternidad, y contribuyó al encuadramiento de mujeres al servicio de una dictadura racista. Es gracioso porque de sus hijos y su casa se encargaba el servicio, a ella en su casa no la esperaban para las labores propias de su sexo, eso era para las demás. Gertrud Scholtz-Klink no fue ni mucho menos una víctima decorativa del nazismo; participó en su funcionamiento y en la exclusión de otras mujeres. Posiblemente, el propio machismo sistémico imperante la benefició en la posguerra: su condena acabó siendo muy leve para las responsabilidades reales que tuvo, y murió tranquilamente en 1999 sin dejar nunca de reivindicar públicamente sus ideas nazis.
En España, el ejemplo más conocido tiene nombre y apellidos: Pilar Primo de Rivera. Soltera durante toda su vida, dirigió la Sección Femenina desde 1934 hasta 1977. Mandaba sobre una organización con escuelas, instructoras, publicaciones y competencias en la formación de las españolas. Tenía una presencia pública notable. Y, al mismo tiempo, difundía un modelo de feminidad definido por el servicio, la familia, el catolicismo y la subordinación. Mucha familia tradicional pero ella se aseguró el no servir a ningún hombre ni parir ningún hijo. Ella dirigía; las demás debían aprender a obedecer. Eso sí: su poder estaba integrado y subordinado a una dictadura dirigida por hombres.
Hay otro caso español todavía más revelador: Pilar Careaga. Fue la primera ingeniera industrial titulada de España, en 1929; condujo una locomotora cuando aquello estaba reservado exclusivamente a los hombres y acabó siendo alcaldesa franquista de Bilbao (1969-75), la primera alcaldesa de una capital y quizá la mujer con más poder político del país, junto con Pilar Primo. Una mujer con una trayectoria muy independiente, casada pero sin criaturas, que militó en la extrema derecha desde antes de la guerra civil hasta la transición, cuando estuvo en Fuerza Nueva, nada menos. Mientras ella rompía los moldes tradicionales de la feminidad, defendía un ideario que concebía a las mujeres como esposas y madres. La contradicción de participar y defender una dictadura profundamente patriarcal llegó a alcanzarla personalmente: en 1967, su marido se negó a darle la autorización marital necesaria para acceder al Consejo Nacional del Movimiento.
Sería un error por nuestra parte pensar que estas militantes no obtenían nada. En organizaciones como la Sección Femenina encontraron trabajo, formación, sociabilidad, viajes y una autoridad inaccesible para el resto de mujeres. Precisamente por eso el fenómeno tiene tanta enjundia: una estructura opresiva puede ofrecer ventajas concretas a determinadas mujeres y, al hacerlo, convertirlas en defensoras de esa misma estructura, porque como a ellas no les está tocando…
En el caso concreto de la Sección Femenina, durante toda la dictadura sus dirigentes tendieron a ser mujeres solteras. Si se casaban, muchas veces eso implicaba su salida de la organización o asumir un papel secundario, porque casarse implicaba una pérdida de independencia, una subordinación a sus maridos y a su rol de esposas y madres. ¿Cómo justificaban ser solteras y a veces tener presencia pública mientras defendían la maternidad, el matrimonio y la cocina para el resto? Desde un discurso que apelaba al “sacrificio”. Entonces te vendían que ellas estaban sacrificando una vida de ensueño recluidas en la cocina de sus casas para educar y formar a otras mujeres que sí pudieran disfrutar de la vida de madres y esposas felices.
Saltamos ahora a Estados Unidos. En los años setenta, Phyllis Schlafly lideró “STOP ERA”, la campaña contra una enmienda constitucional que pretendía consagrar la igualdad de derechos sin distinción de sexo. Schlafly llevaba décadas en política, había intentado llegar al Congreso, escribía, daba conferencias, dirigía redes militantes y se licenció en Derecho en 1978. Mientras tanto, sostenía que la igualdad podía arrebatar a las mujeres los muchísimos privilegios de ser esposas y madres. La profesional de la contramovilización se presentaba como defensora del ama de casa, pero ella, que estaba casada y tenía 6 hijos, tenía servicio doméstico a tiempo completo para hacer lo que ella no hacía. De nuevo, el privilegio de clase. Por cierto: también era militante contra los derechos de gays y lesbianas, siendo uno de sus hijos públicamente homosexual.
Y no estuvo sola en aquel contexto. Otra antifeminista muy destacada fue Beverly LaHaye, fundadora de Concerned Women for America en 1979, que construyó una red de activismo cristiano muy potente contra el feminismo y el derecho al aborto. Ella había trabajado a tiempo completo para sostener económicamente a su familia, pero luego movilizó a otras mujeres alrededor del ideal de esposa y madre dedicada prioritariamente al hogar.
Pero, el problema, es que podemos saltar tranquilamente hasta hoy mismo, amigas. La ultraderecha actual ha modernizado la fórmula, claro: el contexto capitalista actual no permitiría sacar a las mujeres del mercado laboral, por ejemplo. La nueva estrategia ya no necesita combatir frontalmente todas las conquistas feministas: ahora lo que se intenta es apropiarse de parte de ellas para bloquear nuevos avances. Estamos viendo cómo el fascismo exhibe a mujeres dirigentes y poderosas como demostración de que la igualdad ya está conseguida y que el feminismo resulta innecesario. El viejo “ángel del hogar” se transforma en una súper mujer que trabaja, gobierna y cría, sin cuestionar quién asume los cuidados ni qué desigualdades materiales persisten. Algunas conquistas feministas concretas, como por ejemplo el derecho al aborto, sí son cuestionadas, pero ni siquiera por toda la ultraderecha. De hecho, hay militantes de ultraderecha que incluso se proclaman feministas, pero desplazan el problema del machismo hacia un supuesto enemigo exterior: los hombres inmigrantes, los que tienen pieles más oscuras y vienen de países más pobres, claro, nunca los nacionales ni los más ricos que ellas. La socióloga Sara Farris llama “feminacionalismo” a esta utilización nacionalista de los derechos de las mujeres.
Alice Weidel, dirigente de Alternativa por Alemania, partido fascista que ha sido el primero en ganar unas elecciones en Alemania desde Hitler… pues ella vive con su pareja, otra mujer originaria de Sri Lanka, nada menos, mientras su partido sostiene un ideal familiar heteronormativo, pide que el Estado privilegie la familia tradicional y pone la inmigración en el punto de mira. Es para cagarse, literalmente tiene una vida que su partido quiere borrar del mapa, y ahí está ella, forrándose mientras se ríe de todo el mundo. Otra conocida dirigente de ese partido, Beatrix von Storch, aristócrata por cierto, es quizá la defensora más radical de la familia tradicional de hombre+mujer+muchas criaturas en Alemania pero, al mismo tiempo, ella ni es madre ni se la espera. Esas contradicciones entre sus programas políticos y su propia experiencia personal parten una vez más del privilegio, claro.
Con Giorgia Meloni ocurre algo parecido, aunque no idéntico. Es la primera mujer que preside el Gobierno italiano, construye su imagen alrededor de la maternidad, la nación y la llamada “familia natural”, y combate las políticas que etiqueta como “ideología de género”, que ahí puede ir cualquier cosa. Pero también ha defendido que ser madre no debe obligar a dejar el empleo, por ejemplo, no tiene un discurso que pretenda encerrar a las mujeres en casa, porque se debe también a la patronal, claro. Los intereses de la ultraderecha hoy difieren de la ultraderecha de ayer, y es que el capitalismo es hoy salvaje y no admite que la peña no trabaje fuera de casa, lo que quieren es que las mujeres lo hagan dentro y fuera de la casa.
Podríamos hablar también aquí de Marine Le Pen, divorciada dos veces y que ha hecho de la defensa a una familia tradicional supuestamente amenazada una de las señas de su discurso político. No nos costaría meter en la nómina a políticas españolas como Isabel Díaz Ayuso. Gracias al feminismo ha podido estudiar, ha podido ser política, votar y ser votada, divorciarse y vivir en pecado cuando se le antoja, pero es abiertamente crítica con el feminismo, considera que el aborto no es un derecho, da alas en la Comunidad de Madrid a organizaciones antiabortistas, promueve políticas natalistas y exalta la maternidad y la familia tradicional. Vamos, que solo le falta oponerse al divorcio.
La socióloga Deniz Kandiyoti tiene un nombre para esto: “pactos patriarcales”. Son los apaños con los que algunas mujeres se buscan la vida dentro de un sistema que las tiene subordinadas, y que pagan esa vida de privilegio echando una mano para que el sistema de opresión no se caiga. Esta idea no explica por sí sola todos los casos anteriores, pero sí que arroja luz a lo fundamental: puede haber poder femenino sin igualdad y privilegios femeninos individuales sin liberación colectiva. El dinero, el apellido, la etnia, la religión y la posición que se ocupa dentro de la jerarquía son clave.
Así que, como repetimos mucho en Radiojaputa, desde un feminismo de izquierdas y abolicionista, la conclusión no puede ser nunca “qué bien, una mujer ha llegado arriba”. La pregunta debe ser siempre qué hace una mujer que llega arriba con ese poder y dónde está ese arriba, porque ya me diréis para qué queremos una mujer papa si lo que queremos es abolir la Iglesia, por ejemplo. Cuando una mujer sube escalones y se alza con el poder de mejorar nuestras vidas, hay que ver si reduce nuestra dependencia económica, nuestra explotación, la violencia machista y la mercantilización de los cuerpos de las mujeres, o si no cambia nada o incluso si ayuda a perpetuarlo todo.
Y, sobre todo, tenemos que tener siempre claro que el patriarcado no funciona únicamente excluyendo a las mujeres del poder. También funciona seleccionando a algunas, recompensándolas y poniéndolas a trabajar para conservar la desigualdad. Esto nunca ha sido una anomalía, es más bien una tecnología política de larga duración. Porque una cosa es que una mujer pueda mandar y otra, mucho más revolucionaria, es que consiga que ninguna tengamos que obedecer a según cosas solo por haber nacido mujer.
Referencias y bibliografía
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